Implantación de hábitos de vida (I)



Modernas tendencias docentes consideran la educación “integral” del niño, tanto intelectual como psicomotriz. Es deseable que el niño aborde la actividad física desde el principio con máxima intensidad y de forma espontánea para que, paulatinamente, se vaya demorando con la puesta en marcha de la actividad intelectual. Estas fases de animación y calma deben ser respetadas y convenientemente programadas, ya que el niño descubre nuevas formas de hacer, las siente, las perfecciona y las vive intensamente. El niño que hace ejercicio actúa, tantea, repite; afina poco a poco su gusto, lo desembaraza de los movimientos inútiles y parásitos, lo hace más eficaz y llega a ser más hábil y a estar más cómodo, afirmándose los aprendizajes motrices debidos a la propia experiencia. Es necesario, pues, favorecer el ejercicio, en el sentido pleno de este término.

Es preciso, también, lograr la máxima participación para que el niño se entregue a fondo en la acción. Con ello, se beneficia la función de numerosos mecanismos, entre ellos el desarrollo de la actividad cardíaca y circulatoria, la armonía de los movimientos y la sincronía de la actividad muscular, incluidas las funciones superiores.

El ejercicio físico no se limita a un gasto calórico que impide el sobrepeso sino que permite el reforzamiento de su voluntad, la intervención de la imaginación, la percepción de su atención y el deseo de éxito. Es decir, que se plantea la formación “integral” del niño hacia la educación adulta.

La Educación Física, más que cualquier otra disciplina, ofrece alcanzar los objetivos de la educación armónica porque pertenece a la esfera de la actividad. En esta asignatura, el profesor detecta con precisión la pasividad del alumno pudiendo corregirla. Y también puede detectar signos de hiperactividad, pudiendo moderarlos.

El profesor está aquí para ayudarlo a asumir su conducta, a conocer todos los recursos, a desarrollarse al máximo y a convertir al niño en autónomo y responsable.

Sin embargo, no hay un convencimiento generalizado de la verdadera utilidad de la educación física. En la mayoría de los casos se la incluye en el horario semanal, preferentemente al final de la jornada y, algunas veces, sin salir del aula. Falta información, constancia, hay temor a perjudicar otras materias de aprendizaje y no se considera a la educación física como complemento eficaz dentro de la programación. Antes de constituirse en función autónoma, el movimiento participa en la elaboración y en el desarrollo de todas las funciones mentales: inteligencia, lenguaje y conciencia. Mente y motor son solidarios; son dos sistemas que se diferencian en el curso del desarrollo, pero que permanecen en interacción constante.

Extracto del capítulo “La escuela como lugar idóneo para fomentar hábitos de vida”, del Dr. Alfonso del Río Ligorit, incluido en el libro “Ejercicio y corazón”, editado por la FEC. Si quiere consultar el texto completo, pinche aquí.






 
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