En muchos casos, el reflujo no puede atribuirse a ninguna causa en concreto. En otras, los trastornos siguientes pueden contribuir al problema:
Hernia de hiatoLa parte superior del estómago se abre paso a través del diafragma (músculo respiratorio principal que separa el corazón y los pulmones del estómago, el hígado y otras vísceras abdominales), provocando su hernia, lo que deja más abierto el orificio por el que el esófago va desde el tórax al abdomen e impide así que las fibras musculares del diafragma cierren bien el extremo inferior del esófago. Por tanto, el esófago permanece completamente abierto, permitiendo que el ácido del estómago se introduzca dentro de él, sobre todo cuando el estómago está en pleno proceso digestivo.
Sobrepeso Si se tiene
sobrepeso, el exceso de grasa de la cavidad abdominal aumenta la presión dentro del estómago con lo que su contenido asciende hacia el esófago. Por el contrario, la pérdida de peso reduce el reflujo ácido del estómago.
Embarazo El útero, aumentado de tamaño durante el
embarazo, comprime al estómago ejerciendo presión sobre él. Ello aumenta la tendencia al reflujo. Además, los cambios hormonales de la gestación determinan la relajación del esfínter esofágico.
ComidasCuanto más se distiende el estómago por la comida, mayor es la tendencia al reflujo. La tendencia aumenta también cuando se toman alimentos grasos puesto que la grasa retrasa el vaciamiento del estómago. Procure evitar las comidas abundantes, especialmente por la noche. Con ello se reduce la tendencia al reflujo.
AlimentosEl chocolate, la menta, el tomate frito, el café, los zumos de frutas y el alcohol impiden que el esfínter esofágico funcione adecuadamente.
TabacoEl
tabaco también impide que el esfínter esofágico funcione de forma correcta, reduce el ritmo de vaciamiento gástrico y aumenta la producción de ácido en el estómago.
EstreñimientoLos pacientes de
estreñimiento tienen mayor riesgo de reflujo, ya que el estreñimiento aumenta la presión dentro del estómago.
Al acostarseLa tendencia al reflujo aumenta cuando nos acostamos. Ello se debe simplemente a la fuerza de la gravedad. Una forma sencilla de evitarlo consiste en utilizar una almohada adicional o elevar la cabecera de la cama unos 10 cm, con bloques o colocando un par de ladrillos o tacos bajo las patas del lado de la cabecera.