Los síntomas son muy variables.
DolorEl dolor es un síntoma común en la mayoría de los pacientes. Su intensidad puede ser desde leve hasta máxima. Suele aparecer en accesos que duran horas e incluso días y puede ser necesario administrar analgésicos potentes para aliviarlo. A menudo se difunde hacia la espalda y en ocasiones se alivia al encogerse el paciente sobre sí mismo (posición fetal). Es frecuente que la ingestión de alimentos lo desencadene y ello hace que los pacientes teman comer. También suele ser más intenso por la noche. La calidad del dolor es variable: quemante, corrosivo, punzante o sordo, pero suele ser bastante continuo, sin oscilaciones de intensidad. A veces acaba por desaparecer pero otras constituye un problema persistente.
El mecanismo del dolor no está claro. Parece guardar algún tipo de relación con la actividad pancreática, puesto que frecuentemente se desencadena al comer, especialmente si son comidas copiosas o grasas. Algunos enfermos tienen obstruidos por pequeños cálculos los conductillos pancreáticos y se considera que esto aumenta la presión y destruye el órgano. No existe relación entre la intensidad del dolor y la gravedad de la inflamación pancreática.
El dolor puede ser difícil de diagnosticar y puede confundirse con el producido por cualquier otro proceso localizado en el abdomen o en la parte inferior del tórax.
Puede resultar difícil diferenciar el dolor causado por una pancreatitis del que origina una
úlcera péptica, el
síndrome de intestino irritable, la
angina de pecho o la litiasis biliar.
DiabetesLa diabetes también es frecuente, pues afecta a la mitad de los pacientes en etapas tardías de la enfermedad. La inflamación prolongada produce una cicatrización fibrosa del páncreas que destruye las zonas de la glándula especializadas en la producción de insulina (islotes de Langerhans). La deficiencia de insulina produce diabetes, que se manifiesta por sed intensa, aumento de la emisión de orina y pérdida de peso. En las fases iniciales de la pancreatitis crónica es posible, aunque no siempre, controlar la diabetes con antidiabéticos orales, pero en las fases más avanzadas de la pancreatitis crónica suele ser necesario utilizar inyecciones de insulina.
DiarreaMenos de la mitad de los enfermos tienen diarrea. Normalmente la grasa de los alimentos es degradada por las enzimas del páncreas y del intestino delgado, lo que permite su absorción casi completa en el intestino delgado. Cuando disminuyen las enzimas disponibles para su digestión, la grasa no se absorbe y alcanza el intestino grueso, cuyas bacterias la digieren parcialmente. Esto libera sustancias que irritan el colon y desencadenan la diarrea. La grasa no digerida aumenta el volumen de las heces, que son amarillentas y espumosas, tienen un olor rancio, flotan en el agua y no se van con facilidad al tirar de la cadena. El agua del retrete puede tener una capa superficial aceitosa y huele mal, lo mismo que las ventosidades que pueda expeler el paciente.
Pérdida de pesoPrácticamente todos los pacientes con pancreatitis crónica sufren pérdida de peso. Se debe a que la absorción de calorías es insuficiente, aunque también puede colaborar en ello la diabetes. A ello hay que añadir que muchos enfermos temen comer porque les desencadena el dolor. También la depresión es frecuente en la pancreatitis crónica y puede reducir el apetito e incrementar la pérdida de peso.
IctericiaLa ictericia (aparición de un color amarillento en los ojos y la piel) se detecta aproximadamente en la tercera parte de los casos de pancreatitis crónica. Generalmente se debe a la obstrucción del conducto biliar principal (colédoco), que conduce la bilis desde el hígado al duodeno. El colédoco atraviesa normalmente la cabeza del páncreas. En la pancreatitis crónica, la retracción cicatricial de la cabeza del páncreas engloba y estrecha el conducto biliar. Hasta la mitad de los enfermos con pancreatitis crónica sufre cierto grado de estrechamiento, que impide cuando ésta es intensa, que la bilis segregada por el hígado alcance el duodeno. En estos casos, algunos componentes de la bilis refluyen a la sangre, razón por la que la piel, las escleróticas de los ojos y las mucosas se ponen amarillas. Además, como la bilis no alcanza el intestino y es la principal responsable del color marrón de las heces, éstas se vuelven más claras e incluso casi incoloras ("como el yeso"). Este signo se llama acolia. Por su parte, la orina se oscurece, ya que contiene más productos biliares de lo normal (coluria).
VómitosLos vómitos después de las comidas son un síntoma menos frecuente, aunque el dolor intenso puede desencadenarlos. También pueden deberse a úlcera duodenal, que parece algo más frecuente en estos enfermos. En raras ocasiones el propio duodeno puede resultar estrechado al quedar englobado por la retracción cicatricial secundaria a la pancreatitis crónica.
Deficiencia de vitaminas y mineralesLa abundante grasa presente en el contenido intestinal de estos enfermos dificulta la absorción de
calcio y
magnesio. Determinadas
vitaminas denominadas liposolubles (
A,
D y
K) sólo se absorben si están disueltas en la grasa, y si ésta no se absorbe, ellas tampoco.