Tras la inspección del recto mediante la introducción de un dedo (tacto rectal), el médico introduce el sigmoidoscopio (tubo de metal o plástico) ajustado a una pequeña cámara e insufla aire dentro para separar las paredes del intestino. El sigmoidoscopio se avanza lentamente hacia arriba, en movimientos de unos pocos centímetros y posteriormente se va retirando mientras se inspecciona con detalle la superficie mucosa a la búsqueda de alteraciones, como inflamación,
pólipos o
tumores. Cuando se encuentran lesiones sospechosas se obtienen muestras para estudio
microscópico. Los pólipos se extirpan mediante asas de alambre y electrocoagulación (polipectomía). En ocasiones resulta difícil inspeccionar el recto con el sigmoidoscopio. En estos casos se recurre a un rectoscopio, más corto, que se utiliza tras extraer el sigmoidoscopio. El rectoscopio tiene sólo unos cuantos centímetros de longitud y permite visualizar más adecuadamente los últimos tramos del intestino grueso (recto).