En condiciones normales, la piel de nuestro organismo está colonizada por diferentes especies de microorganismos. Entre ellos, y de modo destacado, se encuentran distintos tipos de bacterias.
Asimismo, las membranas mucosas (boca, faringe, fosas nasales, mucosa genital, etc.) y el tubo digestivo (especialmente en su parte final, que es el intestino grueso), también son lugares en los que viven una gran variedad de especies de bacterias.
Muchas de estas bacterias son inofensivas y normalmente incapaces de causar una infección. Incluso son beneficiosas porque impiden la proliferación de otras especies patógenas o porque producen sustancias (vitaminas, por ejemplo) que precisa nuestro organismo.
Otras bacterias son capaces de causar infecciones sólo en determinadas circunstancias: cuando proliferan demasiado, o bien en personas con problemas en sus mecanismos de defensa (como sucede en las enfermedades del sistema inmunitario o al estar tomando determinados medicamentos).
Finalmente, hay bacterias que son capaces de causar daño aun en circunstancias normales.
Cuando el médico piensa que un paciente puede estar infectado por una bacteria, tomará una muestra del lugar de la infección; por ejemplo un exudado (secreción) de la conjuntiva del ojo, en caso de
conjuntivitis; o bien una muestra de orina si hay una infección urinaria; o de líquido cefalorraquídeo si se trata de una
meningitis.
Las muestras pueden proceder de prácticamente cualquier lugar del organismo, y dependiendo de cuál sea éste, su obtención será más sencilla (heces u orina, por ejemplo) o más complicada y molesta (por ejemplo, el líquido de la articulación en caso de
artritis).